Indice del artículo
Tratado práctico de presas y zafaduras
1. Presas y Zafaduras
2. Contacto
3. El trabajo de los sentidos
4. Cambio de remolque
5. Reducción de maniobras
6. Protocolo de actuacción
Todas las páginas

 

 


 

 

 

Las técnicas de socorrismo, como ocurre con cualquier otra disciplina en la que el concepto de mejora continua está presente, son objeto de cambios a medida que, utilizando métodos empíricos y de evaluación de los resultados de multitud de experiencias, recabadas en múltiples actuaciones de rescate, se observa que lo realizado, o no es correcto o existen novedades que superan las expectativas anteriores.

Las experiencias recogidas, indican como algo novedoso en multitud de países, el abandono de las técnicas de presa y zafaduras, que hasta el momento se impartían en los cursos de socorrismo y se utilizaban en las labores de rescate.

¿Qué es lo que sucede? ¿Quizás, las maniobras utilizadas hasta ahora no eran efectivas?

La respuesta, se encuentra en el principio de proporcionalidad.

Este, equipara las reacciones del rescatador con las acciones que la víctima utiliza como defensa ante la situación de distrés por preservar su flotabilidad positiva.

A lo largo de estos años la tecnología se introduce en las técnicas de socorrismo, aportando soluciones que aumentan la seguridad y el resultado de las acciones de rescate.

La utilización de estos dispositivos, facilita la tarea del socorrista y la hace más segura y cómoda.

En la fase de rescate de una secuencia de salvamento, es de relevancia el estado de la víctima en cuanto a su estado anímico, frente a una situación de distrés en el medio acuático.

Cuando se presenta una situación de pánico dentro de la fase de lucha, la víctima puede que haga caso omiso de las indicaciones del rescatador y complique la secuencia de rescate.

Además, las condiciones del entorno, pueden dificultar más si cabe esta operación. Por lo que el rescatador, ha de contar en su bagaje, con una serie de técnicas que neutralicen las acciones violentas que la víctima adquiere como respuesta a la angustia y faciliten su traslado hasta una zona de seguridad.

 


  • PRESAS Y ZAFADURAS:

Bajo esta denominación se engloban una serie de medidas que aplicadas en una situación de rescate, facilitan la inmovilización de la víctima y solucionan al rescatador los problemas de agarre que el pánico de la víctima, ejerce sobre su figura.

En toda técnica de defensa, existe un principio de actuación denominado: “Tensión Continua” y que tanto en la presa que realizamos para inmovilizar, como en la zafadura que nos libera de la víctima, en un intento de asirse a un objeto que le procure flotabilidad, está siempre presente, asegurando el contacto entre víctima y socorrista.

La tensión continua es fundamental. No tanto en el proceso de zafarse del agarre precipitado y descontrolado de una víctima, técnicas de las que hablaremos mas adelante. Pero si de la presa que una vez zafados, realizaremos sobre ésta, manteniendo un control permanente hasta finalizar el arrastre.

Se utiliza en todas aquellas disciplinas relacionadas con la lucha, ya sean técnicas de Arte Marcial o disciplinas de Lucha libre, Greco-Romana, Shumo o Aquellas locales como la Canaria, etc, que utilizan el contacto y agarre, como método efectivo de control del adversario.

De la misma manera ocurre en el socorrismo acuático, en donde utilizamos como medida de escape del agarre de una víctima: la zafadura y como acción de control: la presa del cuerpo del individuo, con el fin de lograr su inmovilización.

Cuando realizamos el acercamiento a una víctima, hemos de poner los cinco sentidos a trabajar.

El rescate de una víctima en el medio acuático, obedece a unas premisas concretas, en donde además de una buena condición física, que nos permita realizar la operación de rescate con garantías, hemos de tener en cuenta una serie de parámetros que condicionan el rescate y que durante su transcurso, hemos de determinar, de manera que la acción, sea activa y cambiante según estas variables, que inciden de manera directa en el desarrollo.

Tomadas estas premisas como parte de la secuencia, en la que tendremos en cuenta la fuerza de la corriente y su dirección, la altura de las olas y la distancia de rompiente con la línea de base de costa, la dirección e intensidad del viento, la temperatura del agua y la dirección del arrastre, ya sea hacia la orilla o hacia alta mar, en el caso de condiciones adversas a la espera de la llegada de una embarcación de rescate.

Hemos realizado con éxito la fase de acercamiento a la víctima, cuidando siempre de no perder su posición y tomando al mismo tiempo, referencias “marcaciones”, que en el caso de hundimiento de la víctima, nos ayuden a localizarla.

En esta fase de acercamiento, mantendremos una comunicación verbal con la víctima, que le ayudará a tranquilizarse de ese estado de excitación en el que el pánico le mantiene.

Es en este momento, en el que se produce el acercamiento y contacto corporal entre víctima y socorrista.

 


  • CONTACTO:

Existen dos maneras de acometer una entrada a la víctima.

  1. Sorprendiéndole mediante una inmersión realizando una presa por su espalda.
  2. Acercándonos de frente y dejándonos agarrar para zafarnos a continuación y realizar la presa más indicada.

En cualquiera de las opciones, la finalidad es la inmovilización de la víctima y es entonces, donde entra el concepto de permanencia de la tensión continua sobre el cuerpo de la víctima a rescatar.

Una vez realizada la presa, en la que se aplica una fuerza proporcional, hemos de mantener la tensión de agarre durante toda la secuencia de rescate.

El conocimiento de la anatomía humana supone una gran ayuda para el rescatador.

Localizar los puntos de flexión de los miembros mediante las articulaciones, así como los puntos de presión que anulan la resistencia de la víctima, facilitan el rescate, más si cabe cuando el estado de ánimo o las condiciones externas, complican la tarea.

Los cambios de articulación en los agarres, han de realizarse deslizando las manos a través del cuerpo de la víctima. Jamás hemos de reducir la tensión y tampoco la presión.

Existen una gran cantidad de circunstancias que pueden hacer que perdamos el contacto. Condiciones del mar adversas, un golpe de ola o arrastre de la misma, la entrada en un canal de corriente o el cambio brusco de posición de la víctima al recibir una entrada de agua por inmersión, salpicadura o por un estado de ansiedad acrecentado.

Son estos momentos, donde presión – tensión, se convierten en imprescindibles. Manteniendo esta medida, se asegura el nexo entre víctima y rescatador. Además, el contacto continuo, tranquiliza y aporta seguridad al rescatado.

Es en este momento de contacto y traslado de la víctima, cuando el instinto primario de protección aflora en ambas direcciones y con reciprocidad.

Del rescatador a la víctima, de manera consciente y siguiendo un protocolo de actuación en base a premisas pedagógicas.

De la victima al rescatador, de manera instintiva, al sentirse protegido frente a una situación extrema.

El organismo dispara automáticamente una batería de medidas químicas que se perciben de manera física en ambos sujetos.

La liberación de sustancias como la adrenalina, interfieren de manera positiva en el desarrollo de la acción para el rescatador, ya que aumenta su potencial físico, ausencia del dolor y sensación de euforia que elimina el hándicap de agentes externos negativos como pudiera ser el frío entre otros.

Al mismo tiempo, la mente trabaja de manera distinta, cerrando el abanico de posibilidades de actuación, por lo que hemos de mantener la calma y a veces perder unos segundos en valorar la mejor de las posibilidades.

A veces llegar es sencillo y lo complicado es salir con la víctima a lugar seguro, que no tiene porque tratarse de lo que en teoría pareciese evidente, como costa, playa, puerto, etc.

Puede darse el caso en el que volver sea temerario o imposible, por lo que quizás debamos adentrarnos o alejarnos, dependiendo del lugar de rescate y buscar nuevas opciones. “Salida alternativa”.

Presión o sujeción con otras zonas del cuerpo. Trayectos largos o esperas.

 


  • EL TRABAJO DE LOS SENTIDOS:

A menudo, nos olvidamos que poseemos cinco sentidos que nos ayudan a tener una percepción clara de lo que nos rodea.

Tendemos a utilizar los más cómodos o por lo menos, los que mayores sensaciones nos transmiten, olvidándonos, que personas que carecen de alguno de los cinco, utilizan el resto, preponderando los que nosotros infravaloramos y sólo utilizamos en situaciones muy concretas.

El tacto es uno de esos sentidos que no utilizamos con habitualidad y sólo en las ocasiones expresas recurrimos a él.

En las maniobras de rescate de una víctima y más concretamente en la fase de presa y posterior arrastre, debemos utilizar este sentido como fundamental.

Pongamos un ejemplo, en el que utilizando sólo la vista, esperamos a que una persona escape de nosotros, como si del juego del pañuelo se tratara. Si en lugar de usar la vista como sentido primario, utilizamos el tacto, os daréis cuenta con mayor rapidez de su huida, por lo que vuestra reacción será inmediata.

Ahora, traslademos este ejemplo al lugar de trabajo y nos daremos cuenta, que la vista, ha de ocuparse de aspectos como la distancia hasta el lugar de arribada a la víctima, el ciclo de olas y su llegada a nuestra situación y otras variables a las que atender, además de vigilar la posición en la que las vías respiratorias del sujeto, se mantengan permeables al gas de la vida e impermeables al liquido elemento.

Por este motivo, el concepto de tensión constante, es imprescindible y el sentido del tacto condición sin ecuánime para realizar la inmovilización y el remolque con garantías.

 


  • CAMBIO DE REMOLQUE:

En determinadas ocasiones, hemos de realizar durante el traslado en el agua, un cambio de remolque.
Las circunstancias por las que se realiza, son variadas.

En ocasiones, comenzamos un arrastre con una técnica de remolque determinada y que corresponde a unas condiciones en las que la víctima se encuentra inconsciente o calmada.

La súbita entrada de agua en vías respiratorias como consecuencia de una salpicadura o cualquier acontecimiento o imprevisto fuera de lo normal en el traslado, pueden transformar el ánimo de la víctima, convirtiendo el arrastre en algo con dificultad añadida.

La entrada en zona de corrientes u olas, la dificultad en la orografía o una causa patológica que empeore el estado de la persona a rescatar nos harán variar el sistema de arrastre con respecto a la maniobra inicial, utilizando arrastres con presas que suponen mayor inmovilización y control, con la finalidad de no perder el control de situación, como consecuencia de una acción o respuesta automática de la víctima o una interacción excesiva del medio circundante.

En estas ocasiones, es cuando el principio de tensión continua y presión constante son fundamentales para no perder el contacto.

 


  • REDUCCIÓN DE MANIOBRAS:

Hasta ahora, manteníamos una serie de maniobras para cada situación de zafado y también de inmovilización o control de la víctima.

En la actualidad, el número de éstas, ha disminuido de manera considerable, permaneciendo vigentes aquellas que en situaciones de claro conflicto, se utilizan como medida drástica de zafado o inmovilización de la víctima, que presenta en la secuencia, un estado de agitación, que compromete la seguridad del socorrista y de la consecución de las maniobras que debe realizar para concluir con éxito el rescate.

Es el sentido pedagógico del rescatador, en función de de la acción que se presenta a solventar, la que determina la actuación de éste.

El control de la situación, el conocimiento de la morfología humana y de los comportamientos que por su condición de víctimas en un medio hostil, presentan las personas a rescatar, son las herramientas que sustituyen maniobras, que de carácter asertivo y de manera mecánica, se han utilizado hasta ahora, sí, de forma positiva, pero quizás olvidando el riesgo que el excesivo contacto con la víctima, con unas medidas de fuerza que hacen frontera con el riesgo tangible de las lesiones han supuesto el estudio de su viabilidad frente a la opción del conocimiento de otras disciplinas, más relacionadas con el dominio del comportamiento humano en distintas situaciones.

Hemos de valernos del dialogo, la posición clara de superioridad, el conocimiento del medio y de la mecánica. El uso de habilidades de comunicación, como la empatía, haciendo descender el nivel de estrés y aumentando la confianza.

Hoy, la mayoría de los servicios rescate, cuentan con material diverso de alcance y también artilugios como las aletas, que proporcionan al socorrista además de velocidad en el avance, algo muy a tener en cuenta en la fase de salvamento en la que se produce contacto con la víctima: “Sustentación adicional”.

Aproximarnos a una víctima con una buena reserva de flotabilidad, cambia de manera drástica, la concepción del protocolo de actuación, minimizando las maniobras en las que la utilización de la fuerza, era de uso obligado en determinadas fases del salvamento.

Utilizar un buen y constante palmeo, proporciona una reserva de flotabilidad que nos permite ofrecer sustentación pasiva a la víctima, sin realizar ningún tipo de aspaviento o maniobra que minimice la capacidad de movimiento y aumente la confianza y estado de ánimo de la víctima.

Recibir a la víctima, utilizando un lenguaje cercano y tranquilizador, hará que bajen los niveles de nerviosismo de ésta y convertiremos una situación que en principio presentaba visos de complicada, en una acción de acompañamiento controlado.

Por tanto, la tendencia, es la puesta en práctica, de las maniobras seleccionadas, acompañadas siempre de un conjunto de valores psicopedagógicos que en interacción con una valoración del entorno, constituyen la herramienta correcta para la consecución de la tarea.

 


  • PROTOCOLO DE ACTUACIÓN:

1. Visualización de la víctima.

2. Comunicación de inicio de la actuación.

a) Centro de coordinación.
b) Equipo destacado.
c) Espectadores.

3. Comunicación de los parámetros de localización de la víctima y distancia mínima a zona de seguridad, estado del agua (olas, corrientes, temperatura).

4. Valoración constante del acceso a zona de seguridad y posible modificación.

5. Periodo de aproximación.

6. Valoración del estado anímico, nivel de estrés de la víctima.

7. Utilización del método indicado.

a) Ofrecimiento pasivo. (Reserva de flotabilidad).

b) Bloqueo del socorrista:

- Zafadura Universal.

- Luxación de articulación.

- Inmovilización: Brazo rodado.

c) Remolque.

5-6-7- Acción pedagógica, Inhibición del estrés.

Autor: Imanol Gómez Muñagorri.